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La actual debacle económica global ha puesto en serio cuestionamiento las
ideas convencionales sobre el mercado. Su ampliación abusiva, la creación de
nuevos instrumentos financieros, y la ausencia de regulaciones amparando la
especulación, han llegado a su propio límite.
Pero un aspecto que está pasando desapercibido es que este colapso de las
ideas convencionales también tiene una dimensión ambiental, la que debería
ser abordada cuanto antes. Las posturas ortodoxas que crearon los
instrumentos derivados y los mercados a futuro, han sido las mismas que
promovieron la ampliación del concepto de mercadería hasta incluir a la
Naturaleza bajo la forma de los llamados “bienes y servicios ambientales”.
Surgió el rótulo “capital natural” y proliferaron los métodos para calcular
el precio de las plantas, los animales, y hasta de los ciclos ecológicos. La
Naturaleza, ahora dividida en partes, no sólo debía estar revestida de
precios sino que también debía contar con dueños, y por lo tanto se
ampliaron los regímenes de derechos de propiedad. De esta manera se cerró un
círculo de que permitió acorralar a la Naturaleza en el mercado.
La consecuencia fue la desaparición de las políticas ambientales como
políticas, para ser suplantadas por una gestión ecológica orientada por los
análisis de costos y beneficios económicos. Se crearon nichos “verdes” en
los mercados y se inventaron instrumentos financieros ambientales. El
ejemplo más reciente es el mercado para “créditos” de carbono como
instrumentos de lucha contra el calentamiento global. Se aseguraba a las
empresas un incentivo económico para que no contaminaran, sin poner bajo
cuestión la esencia de sus procesos productivos y sus impactos. En ese
mercado, los países del sur terminaban reforzando su papel subordinado al
aceptar el dinero de esos créditos de carbono, compiten entre ellos en su
precio y nada asegura su efectividad ecológica.
Las posturas reduccionistas también se aprovecharon de la buena intención de
muchos ambientalistas que insistían en reconocer la contribución económica
de la Naturaleza. Se recordaba, por ejemplo, que los aportes económicos de
la agricultura dependían de proteger la fertilidad del suelo y la
disponibilidad de agua. Pero en lugar de comprender esa interdependencia, se
buscó generar nuevos mercados, privatizándose el agua o asignándose derechos
de riego que podían ser comprados o vendidos.
A la par que aumentaba la burbuja financiera en Wall Street, desde donde se
comercializaban sin controles los contratos financieros, conocidos como
instrumentos derivados, se consolidaba la invasión de esos razonamientos en
el campo ambiental. En 2002, en la Cumbre de Johannesburgo sobre desarrollo
sostenible, se terminó legitimando las ideas de los bienes y servicios
ambientales en el mercado. Los países latinoamericanos apoyaron esa
perspectiva. Rápidamente proliferaron todo tipo de estudios de valoración
económica, se crearon los mercados para comercializar permisos de
contaminación, y se experimentaron instrumentos económicos verdes.
Es bajo ese contexto que explotó la crisis financiera en octubre de 2008.
Hoy todos sabemos que esos instrumentos que trasladaban riesgos y deudas se
desplomaron. Pero al mismo tiempo la propia capacidad de calcular el valor
económico se resquebrajó. En este momento hay una gran volatilidad y
desconcierto en saber cuánto valen las cosas. Por ejemplo, las acciones del
gigante transnacional General Motors pasaron de casi US$ 40 hace un año
atrás, a poco menos de cinco dólares en estos días. Frente a esta
incertidumbre en las valuaciones del capital en sus expresiones
tradicionales, es legítimo preguntarse qué puede esperarse de los intentos
de ponerle un precio al capital natural.
En efecto, desde hace mucho tiempo se ha advertido sobre las enormes
incertidumbres y la gran diversidad de resultados en la valoración
económica. Esas voces quedaron enmudecidas detrás del coro de los defensores
del mercado, pero la crisis actual obliga a tomarlas en serio.
La valuación económica convencional también se acopla con las metodologías
clásicas de costo y beneficio, y por lo tanto la gestión ambiental queda
atrapada en los objetivos de rentabilidad, que se imponen sobre las metas de
conservación. De esta manera la “política” ambiental se reduce en una
“gestión” ajustada a criterios de beneficio y utilidad en manos de los
privados.
Esa corriente desembocó también en posturas fatalistas. Un ejemplo son las
propuestas de Conservation International para la Amazonia que consideran
inevitable la pérdida de los bosques tropicales, renunciando a un desarrollo
armonioso y balanceado con el ambiente, y por lo tanto su única alternativa
sería vender bienes y servicios ambientales en los mercados globales para
obtener el financiamiento necesario para asegurar una red de áreas
protegidas. Hay una tensión constante en este tipo de propuestas ya que
dependían en colectar algunos excedentes en el mercado global, mutando la
esencia de las medidas de conservación en instrumentos de mercado capaces de
atraer esos inversores y asegurando una rentabilidad.
La crisis actual también ha dejado en entredicho todas estas posturas. Por
un lado, el desplome del capital disponible y las restricciones al crédito
que se vivirán en el futuro inmediato limitarán seriamente los fondos
disponibles para los mercados ambientales paralelos. En otras palabras: las
grandes empresas apenas tienen fondos disponibles, y por lo tanto no habría
que hacerse muchas ilusiones en que lo dedicarán a la caridad social o el
marketing verde. Pero por otro lado, este fenómeno también contribuye a
poner en entredicho los fundamentos ideológicos que redujeron la Naturaleza
a mercancías, y la política a una gestión ensimismada con lo económico.
Las nuevas circunstancias que se están generando a escala global deben ser
aprovechadas para salir del reduccionismo del gerenciamiento y volver al
campo de una política ambiental. Esto implica reconocer que la temática
ambiental depende sobre todo de una construcción política, y en particular
debe ser una política pública. Esto no implica anular la gestión, sino que
se la debe volver a poner bajo un proceso de decisiones políticas. En otras
palabras, el mercado debe estar bajo regulación social.
Alan Greenspan, el “oráculo” de Wall Street, mientras fue presidente de la
Reserva Federal de Estados Unidos, rechazaba cualquier tipo de control,
sosteniendo que los “riesgos en los mercados financieros, incluidos los
mercados de los derivados, los están regulando las partes privadas”. En
pleno apogeo de la crisis debió admitir que al menos estuvo "parcialmente"
equivocado cuando apostó por la desregulación.
Por lo tanto es necesario implantar una regulación social que debe ser
construida como una política. Bajo esta perspectiva, la política ambiental
se asemejaría, por ejemplo, a lo que se espera en el terreno de la educación
o la salud pública. No se puede generar una política ambiental dependiente
de la rentabilidad de cada emprendimiento, sino que se la construye en
atención a metas y compromisos sociales compartidos y que deben ser
cumplidos independientemente de su costo. Esos objetivos no están en generar
beneficios económicos sino en asegurar la calidad del entorno y la
conservación de la biodiversidad. Por lo tanto, la actual crisis debe ser
entendida como una oportunidad para recuperar esta discusión y avanzar al
fortalecimiento de esa dimensión política del debate ecológico en América
Latina.
Publicado por ALAI
(Agencia Latino Americana de Información), el de
noviembre de2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
122 el 4
de noviembre de 2008. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente.
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