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E. Gudynas es analista de información
en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social) y D3E
(Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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La actual crisis financiera marcha a ritmo de galope, difundiéndose a escala
global y con un desenlace todavía incierto. Se acaba de anunciar que Estados
Unidos podría caer en una cesación de pagos a mediados de 2009, según el equipo
de analistas del Laboratorio Europeo de Anticipación Política. La advertencia
debe ser tomada con seriedad, ya que ese grupo ha venido acertando en sus
predicciones desde 2006.
Esa advertencia se basa en el altísimo nivel de endeudamiento de Estados Unidos,
que al sumarse las enormes cifras comprometidas para rescatar los bancos, genera
una espiral incontrolable. Washington ha duplicado su deuda pública. Con todos
esos recursos comprometidos y con su economía en recesión, es posible que EE.UU.
no pueda cumplir todos sus compromisos, sean las garantías de los depósitos
bancarios, el pago a los acreedores que poseen Bonos del Tesoro, u otras
obligaciones. Eso llevaría a una cesación de pagos que, en caso de iniciarse,
rápidamente alimentará la inflación y una pérdida brutal del valor del dólar,
según aquel reporte (su resumen está disponible en
http://www.economiasur.com). La
situación en Europa no es mucho mejor, y un ejemplo del futuro posible lo
muestra la bancarrota de Islandia.
Estos análisis prospectivos demuestran la gravedad de la crisis. No es posible
sostener que esté restringida a los países industrializados, y es a todas luces
un problema global. Recordemos que muchos de los primeros análisis invocaban un
“desacople”, e incluso un “blindaje” en varios países latinoamericanos. Por
ejemplo, Emir Sader sostenía que “por primera vez la recesión de la economía
estadounidense no tiene efectos directos y devastadores sobre el sistema
económico mundial”, y aunque reconocía posibles impactos en América Latina,
predecía que serían menores en países como Brasil y Argentina (en Le Monde
Diplomatique, octubre).
Pero la realidad ha mostrado que justamente Brasil fue rápidamente engullido por
esta crisis. La razón es que ese país está más amarrado a los circuitos globales
de comercio y capital de lo que muchos creen, y eso llevó a una devaluación del
real y a que la bolsa de Sao Paulo subiera y bajara la par de la volatilidad
internacional. Hoy, toda América Latina está sintiendo los impactos.
Las instituciones de la gobernanza global en el comercio y los flujos de capital
vienen siendo totalmente incapaces de enfrentar y remediar esta crisis. El FMI
desempeña un papel marginal, casi irrelevante, donde se le presta más atención a
un posible amorío de su director, Dominique Strauss-Kahn, que a sus
diagnósticos. A pocos metros de allí, los mensajes del Banco Mundial son apenas
un murmullo. En la Organización Mundial de Comercio, la crisis se suma a las
heridas de una ronda estancada y el fracaso del último encuentro ministerial en
Ginebra. Al contrario de su prédica liberalizadora, muchos gobiernos
latinoamericanos comienzan a estudiar medidas proteccionistas para evitar una
avalancha de importaciones baratas desde Asia. Hasta la propia estructura
central de las Naciones Unidas está opacada, con un secretario (Ban Ki-moon),
callado, oscuro y sin liderazgo. Estos y otros ejemplos muestran que hay mucho
más que una debacle financiera, y estamos también presenciando una crisis del
sistema de gobernanza multilateral bastante más profunda de lo que puede
sospecharse en una primera revisión.
Además del quiebre en esas instituciones internacionales, también quedan bajo un
aluvión de cuestionamientos las ideas y conceptos que sustentaban las visiones
optimistas sobre la globalización del capital. Temas como los preceptos sobre el
funcionamiento del mercado, el postulado de desregulación del flujo del capital
como necesario para el crecimiento, el uso de instrumentos de valorización
económica, y hasta la creación de instrumentos derivados, se encuentran bajo
debate público. Carentes de apoyo, son ideas que se devoran a sí mismas, hasta
que esa canibalización desembocó en la actual crisis. Por eso tiene mucha razón
Oscar Ugarteche cuando afirma que el “Consenso de Washington yace en un campo
afuera del cementerio religioso, como los suicidas”.
Pero una vez más es necesario recuperar el sentido de precaución. Si bien por un
lado crujen las ideas ortodoxas sobre globalización y sus instituciones, esto no
quiere decir que necesariamente estemos presenciando la crisis terminal del
capitalismo contemporáneo, ya que las crisis están en su propia esencia y se
desenvuelven bajo terribles transferencias de riqueza, socializando las
pérdidas, como está sucediendo actualmente. Habrá que ver cómo discurre la
presente crisis para evaluar con más detenimiento esa posibilidad.
Por otro lado, tampoco observamos en América Latina un claro programa
alternativo sobre la inserción internacional y la mundialización. Otra vez más
se debe tener presente el caso de Brasil, donde las medidas recientemente
tomadas son bastante convencionales, y entre ellas está la liberación de fondos
estatales para mantener el financiamiento de los exportadores, lo que en otras
palabras quiere decir que persiste la apuesta en un comercio exterior basado en
commodities y en atraer inversión extranjera.
A nivel global se corre el riesgo que finalmente se acepte una regulación sobre
los instrumentos financieros, especialmente los más riesgosos, debido a que la
élite corporativa termina reconociendo que impiden la reproducción capitalista.
Se debe detener una globalización caníbal que pueden engullirse a sus propios
creadores. Aceptarían entonces la imposición de ciertas reglas para asegurar la
continuidad de los demás aspectos esenciales del capitalismo. Pero no tolerarán
una regulación más profunda del capital como podría esperarse de exigencias
necesarias para orientarlo efectivamente al desarrollo. Hasta ahora, las
propuestas gubernamentales concretas para regular los flujos de capital siguen
siendo escasas y muy limitadas (por ejemplo, el presidente francés N. Sarkozy
criticó los hedge funds pero sin ofrecer medidas específicas).
En cuanto a la institucionalidad también hay mucha timidez para encarar
reformas. Muchos de los recientes reclamos de países emergentes del sur, como
China, India y Brasil, no apuntan a transformar la esencia en esa gobernanza
global, sino en lograr una mayor tajada de poder. Esto se traduce en discusiones
como convertir el G 7 (donde asisten las naciones industrializadas), en un
agrupamiento mayor que incorpore a los países emergentes. Ese reclamo encierra
hechos positivos, como cercenar el poder hegemónico de Estados Unidos, pero
persisten las tentaciones en reemplazarlo por jerarquías regionales donde, por
ejemplo, Pekín o Brasilia, puedan imponer relaciones de subordinación sobre sus
países vecinos.
Aquí reside un riesgo adicional para América Latina: no podemos asumir que el
derrumbe de Wall Street automáticamente será reemplazado por genuinas
alternativas que ya están listas para ser aplicadas, y que serán tomadas por
nuestros gobiernos. Un “otro orden global” no es una prenda “prêt-à-porter”,
sino que se lo construye a partir de ideas alternativas que se deben pulir,
ensayar y coordinar entre ellas, siempre bajo el empuje decidido de la sociedad
civil.
Publicado por ALAI
(Agencia Latino Americana de Información), el 20 de octubre de 2008. Reproducido en
el semanario Peripecias Nº 119 el 22 de octubre de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. |